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INMA MORENO o la prospectiva de la VIDA

  


Retrospectiva de un sueño. INMA MORENO.


Gran Teatro de Manzanares.

Del 20 de octubre al 13 de noviembre. EXPOSICIÓN 

 



El díptico de papel me dice que nació el 6 de noviembre de 1991 en Manzanares. Es una verdad a medias, una verdad triste, porque Inma muere nada más con 28 años. El díptico me dice que su trabajo... relaciona el cuerpo humano, principalmente de mujeres... a través de los elementos esenciales de la pintura: forma color y textura. Lo que es una verdad a medias, porque su pintura no relaciona, para nada relaciona. Y me dice también —este díptico insistente y a la vez parco— que a través de sus obras expresaba todo aquello a lo que no podía o no quería poner palabras... Mentira esta vez a medias, porque esta pintura no requiere de palabras, ni necesita partir de ellas. Además, ¿dónde está dicho que haya que expresarse fundamentalmente con palabras? 

Inma se ha ido. Verdad y mentira: se ha ido y se ha quedado. Nos ha dejado, y se ha dejado parte de sí, una parte muy fundamental que no se puede decir de ninguna manera, ni siquiera con palabras, ni con carboncillo, ni con pintura. La realidad es tiránica.



Serie Ainhoa

Contemplo la serie Ainhoa, cinco acrílicos de gran tamaño en el testero frontal del Gran Teatro. Sí, que no son desnudos de mujer, sino cuerpo desnudo de mujer; sobre todo cuerpo. No sé cuál será la excusa, pero he aquí un cuerpo lleno de vida, de vigor, de fuerza. ¿Por qué llenarlos tanto? —Me pregunto—. ¿Por qué sacarlos casi del lienzo? Hay dos cosas en esta serie, ¡serie! (Que es lo que no se expresa en un solo cuadro). Dos cosas digo: de un lado, la rotundidad del volumen, la concreción delimitante de una línea a penas disimulada aunque segura. De otro lado, la voluntad expresiva de la pintura, manera epidérmica de dar color en el volumen exagerado de pechos, nalgas, espaldas; en la abundancia de carne que sobrevive al cosmos espacial envolvente, amenazadoramente bidimensional, plana mancha, mera excusa. Exuberancia de la curva exagerada, exaltación del cuerpo de mujer, cuerpo de cuerpos. Sonrojo primevo y paleolítico de mujeres-madre-tierra-dominio-fertilidad-arte. 

Por un momento, en mi simpleza de crítico macho, creí hallarme ante le monstruoso híbrido del Picasso postcubista, y del Bacon más benévolo. En efecto: monumentalidad y expresión interna. La primera se consigue por la importancia que cobra la figura y las formas. La segunda por la aplicación del color y de la pincelada en mímesis semoviente. ¡Ingenuo! Tenía ante mi vista a la vida que hila sobre sí misma: cuerpo de mujer. 



Porque luego, habría que ver hasta qué extremo viven de la planitud, de la bidimensionalidad las restantes pinturas. Fondos neutros y neutralizados, perfilados usos de la forma. Y un abuso paradójico del escorzo... el escorzo, el gesto imposible y casi esquizoide que quiere huir de la planitud para tomar la vida. Porque muchos de estos cuerpos quieren, no solo envolverse sobre sí, sino escapar, salir del lienzo, venir al mundo en su exuberancia natural, fuerza presente casi como las de aquellas venus esteatopígicas.

 



    Por cierto, ¿se han preguntado ustedes dónde está el espacio? ¡Qué bien se demuestra aquí eso de que la espacialidad en pintura es la más de las veces una solemne tontería! 

En una pintura casi sin espacio, sobran las palabras, difícilmente pudo partir Inma de la necesidad y de la imposibilidad de la palabra. Todo aquí es mujer. Todo, en la exposición del Gran Teatro, aromaba mujer. Mujer-en-su cuerpo. La mujer en la realidad de su cuerpo. En su realidad. Todo lo demás sobra. 

Comentarios

  1. Esta crítica despierta un interes incontrolable por visitar la exposicion e ir mas allá de la trayectoria de la artista

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